domingo, 12 de abril de 2015

La Familia: Del tú y yo al nosotros.


Del tú y yo al nosotros.


Al interior de la familia, a nosotros los adultos, nos toca una doble responsabilidad que nos hace estar permanentemente en oración y dependiendo del Señor. Una tiene que ver con nuestra función como esposos. La otra con nuestra función como padres. En esta ocasión nos abocaremos a la primera. 

Ser esposo(a) no es una tarea fácil. Todo el entusiasmo inicial, vez tras vez, es probado y perfeccionado al ritmo del ajuste matrimonial. Los nuevos esposos cristianos progresivamente construyen el “nosotros”. Las acciones, el lenguaje, la manera de pensar y de sentir, van seriamente transformándose en el proceso de ser uno. Fijemos la atención en un matrimonio cristiano con varios años, y nos daremos cuenta que en la medida que pasa el tiempo, cada vez se van asemejando más el uno al otro, aún en los aspectos físicos. 

¡Qué hermoso misterio, esto de ser uno! El apóstol Pablo, hablando del matrimonio, dice: “Grande es este misterio”, en relación a Cristo y su iglesia, dejando en evidencia que el matrimonio es una expresión de la unidad eterna.(Ef.5:32).

Los pronombres en el “Cantar de los cantares” 

Existen muchos ejemplos en las Escrituras para hablar de la unión matrimonial, pero ninguno como el del “Cantar de los cantares”. Allí se nos revela el desarrollo de la unión y la comunión entre los esposos desde Cristo y la Iglesia. 

En los primeros capítulos del Cantar, llama la atención que los pronombres empleados son primera y segunda persona singular. (“tú”y “yo”). Los esposos se declaran su amor y sus virtudes pero siempre desde el “tú” y “yo”. 

Es a partir del capítulo siete que el pronombre utilizado es primera persona plural (“nosotros”). Casi al final del “Cantar” los esposos completan el “nosotros” uniéndose en un mismo sentir. Notemos los verbos empleados: “Salgamos” (7:11a), “moremos” (7:11b), “levantémonos” (7:12a), “veamos” (7:12b), “tenemos” (8:8), “edificaremos” (8:9a) y “guarneceremos” (8:9b). ¡Qué consideración más grande!, ¡qué dependencia!, ¡qué respeto!, ¡qué intimidad! La esposa se siente parte del marido, el marido se siente parte de la amada. Es una abierta invitación a incluirse y a fundirse en el otro.

El lenguaje pareciera jugar un papel importante en la unión matrimonial, que de alguna manera refleja la vida interior del corazón. Me pregunto: ¿Cuántos esposos (a), pese a los años , aún viven en el “tú” y “yo”?. ¡Cuidado, nuestro lenguaje nos delata! ¿Te suenan conocidas las siguientes oraciones?: “¡...Tu hijo(a) está pidiendo comida!”, “¡...Ésta es mi casa!”, “¡...Cuidado con mi auto!”, “¡Yo compro lo que quiero, para eso trabajo!”; “...Voy donde mi familia”; “¡...Tu familia es la culpable!”; “¡...En mi casa se hacía de esta manera!”

Cuando se integra el “nosotros” no se habla divorciadamente, los esposos(as) cristianos aprenden que detrás de cada acción está el respaldo y la responsabilidad de ambos.

Repasemos una vez más los verbos antes señalados: 

“Salgamos”

El primer verbo empleado es “salgamos”. (“Ven, oh amado mío, salgamos al campo”). Es decir, ir desde un punto a otro. Implícitamente está la idea de no anclarse en un lugar, en una posición, en una idea, en una obstinación, en un problema. ¿Cuántos matrimonios viven detenidos por años en un punto del cual no pueden salir? ¿Cuántos afectos comprometidos se alojan en tu relación y te impiden avanzar? ¿Cuántas raíces de amargura te detienen? 

Noten que el verbo no es “sal” (tú), pues eso te excluiría del otro. Es “salgamos”, por lo que está implícita la necesidad de esperarse, de incluirse en el problema que está afectando y de no avanzar sin el otro. Hermano(a) una parte tuya se queda atrás si tu “sales” sin tu esposa (o)
Qué invitación más preciosa la de salir, no en vano la palabra iglesia (ek-klesia) significa “salir hacia fuera”. Salir del mundo, salir del sistema, salir de nosotros mismos para hallarlo a Él. Como nos dice la exhortación: “Salgamos, pues, a Él, fuera del campamento, llevando su vituperio...” (Hb. 13:13).
El segundo verbo es “moremos”. (“moremos en las aldeas”). “Rabí, ¿dónde moras?”... le preguntaron los discípulos al Señor. Jesús respondió: “Venid y ved” (Jn. 1:38). La Escritura dice que Jesús no tenía dónde recostar su cabeza.(Mt.8:20). El Hijo moraba permanentemente en la presencia del Padre. Su morada era en el Padre. El estaba en el Padre y el Padre estaba en Él.

De igual manera, los esposos viven juntos, crean un espacio físico, psíquico y espiritual, consagrado a y en Cristo. Morar implica asentarse, establecerse para compartir “juntos y en alegría”, como nos señala el salmo 133. 

“Moremos”, es una invitación práctica para vivenciar la vida del Hijo reflejada en el matrimonio. Por ejemplo, ¿te has preocupado en proveer de un ambiente físico adecuado y privado para estar junto a tu esposa?. En relación a esto, quisiera destacar la importancia que tiene para la relación el hecho de que los esposos vivan “solos”. Es frecuente que en un comienzo del matrimonio la tendencia, por motivos económicos y afectivos, sea vivir con los padres. Pero esto conlleva un riesgo que es mejor evitar. La dirección del nuevo hogar que se inicia tiende a confundirse , las relaciones comienzan a estropearse y en algunos casos los esposos continúan siendo “hijos”, delegando sus responsabilidades en sus padres o suegros. Por lo cual este “moremos” significará también, para los esposos, en lo posible, vivir solos.

“Levantémonos” 

El tercer verbo empleado es “levantémonos”. La Sulamita dice: “Levantémonos de mañana a las viñas...” (Ct. 7:12). Esta pluralidad en la acción podría indicarnos la actitud hacia el trabajo. La labor de sustentar el hogar le corresponde al marido. La Escritura está llena de pasajes que así nos lo enseñan. Ahora, fíjense en la hermosa acción de la esposa, cómo se incluye en el quehacer del marido. Cómo estimula. Qué aliciente más grande es para un varón la compañía de su esposa en la acción de su trabajo. “Lo tuyo es mío, tu esfuerzo es el mío, estamos juntos en esto”. Esta mutualidad en el esfuerzo les hace uno: en consecuencia, el producto de lo ganado será para beneficio de ambos y de todos.

Existen también casos en que las esposas, apoyando la responsabilidad del marido, colaboran directamente con un oficio o profesión. En tal situación la tentación de independizarse de la acción del marido puede llegar a ser nefasta y hasta fatal. ¡Cuidado! “Levantémonos” implica: hagámoslo juntos, para un mismo fin, con un mismo propósito, para un mismo fondo. 

No olvidemos que la tarea divina primordial para las esposas es la crianza de los hijos, sobre todo en los primeros años de vida. Por esta causa, “levantémonos” implicará también sobrevigilar juntos, en forma permanente y en conciencia delante del Señor, sobre todo si esta situación, de alguna forma, se está viendo afectada con perjuicios para la familia. En tal caso el matrimonio tendrá que tomar decisiones radicales por la salud psíquica y espiritual de los hijos.

“Veamos”

El cuarto verbo es “veamos”. Es decir, observemos, juzguemos, analicemos, advirtamos, distingamos. “Veamos si brotan las vides”... (Ct.7:12). Esta acción es estar atento al fruto de la relación o del trabajo, que conlleva a los esposos esperar el mismo producto. Es decir, que el propósito sea el mismo. Surge la necesidad de que ambos vean y esperen lo mismo. Para esto se requiere primero conocer qué es lo que Dios espera de ambos y luego fijar la atención en procurar dar el fruto esperado. ¿Hacia dónde vamos?, ¿qué esperamos de nuestra relación?, ¿qué espera Dios de nosotros?, ¿conoces el propósito de Dios para el matrimonio? Por lo general, cuando se encuentra el “para qué”, se encuentra también el “cómo”. 

Por otro lado, esta mutua participación en el “ver” (si brotan las vides...) implica “vigilar”. Los esposos deben cuidarse mutuamente, no celarse, sino cuidarse. Los horarios, las actividades y las relaciones con otros deben estar a la luz de ambos. No puede haber cosas ocultas en la relación, puesto que esto llamará, cada vez más, a la desconfianza, independencia y/o al celo.

“Tenemos”

El quinto verbo utilizado es “tenemos”. La idea principal aquí es que los esposos comparten una misma cosa, sea ésta un bien, una situación de éxito o de aflicción, como parece que es en el caso de la Sulamita (Cant. 8:8).

Es curioso ver cómo algunos matrimonios defienden con tanta fuerza las posesiones o pecunios individuales. Claro está –y es cierto– que en algunos matrimonios uno de los cónyuges aporta más a la relación. Sobre todo al comienzo, el matrimonio, en su necesidad, recibe todo cuanto pueden de sus respectivas casas de origen, pero lo importante es que lo reciben para integrarlo a lo que pasará a ser de ambos. Constituyéndose así, el “tenemos”.

A lo largo de la vida matrimonial se presentan muchas situaciones de aflicción, algunas más agudas que otras. Por lo que edificar “el tenemos”, ayudará al matrimonio a compartir las cargas. La Sulamita dice: “Tenemos una pequeña hermana que no tiene pechos” (Cant. 8:8). Esto es un problema que aflige al matrimonio. Literalmente, ¿puede haber una hermana de ambos si están debidamente casados? La respuesta es “No”, pero él y ella hacen suyo el problema de la pequeña hermana. Ahora, sabemos que el lenguaje poético permite este tipo de alegorías; no obstante, lo que quiero destacar, para este fin, es cómo se involucran ambos en la misma aflicción, cómo sobrellevan ambos las cargas. Cómo el problema de la hermana pasa a ser problema de ambos, y hermana de ambos. 

De esta manera, hermano, el problema de tu esposo (a) es tu problema, la aflicción de tu esposa (o) es tu aflicción, aún cuando desde tu masculinidad o feminidad sea irrelevante.

“Edificaremos”

El sexto verbo es “edificaremos”. La acción de edificar es conjunta . En el “Cantar”, ambos esposos dedican su esfuerzo en construir un palacio de plata sobre la hermana, si se dijera que es muro. (Cant.8:8,9) Esto nos muestra cómo se involucran los esposos en el servicio hacia los demás. El matrimonio proyecta en el Señor un servicio común sin poner impedimentos. Mas aún cuando la gracia concedida a uno, no sea la misma que la del otro. Ambos se coordinarán y ayudarán para la edificación mutua y la de otros. “Edificaremos” es cultivar un espíritu de sumisión los unos a los otros. Así cada uno en el lugar en que Dios le puso “recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Ef.4:16).

Los hermanos necesitan la edificación de matrimonios que se entreguen ambos a esta labor. A veces se ven hermanos que son muy serviciales en la acción a la iglesia, pero también se les ve desligados de sus esposas, o viceversa. Qué bien nos hace saber que existen Aquilas y Priscilas dispuestos a edificar las vidas de otros por amor al Señor. 

No sólo se edifica con una palabra, sino también, y didácticamente, con el ejemplo. Este aspecto de la sumisión, especialmente de la esposa, significará un gran respaldo al servicio de aquellos que sirven en la palabra. 

“Guarneceremos”

Y el ultimo verbo es “guarneceremos”. (“La guarneceremos con tablas de cedro”). Ligado a lo anterior “guarnecer” significa dotar, equipar, armar, abastecer, aprovisionar.

En una obra de construcción, la primera etapa es edificar, luego está el afinar y el equipar. Por lo que “guarneceremos” lo entenderemos como esta segunda etapa de servicio, en la cual se requiere una percepción más afinada. Por ejemplo, muchas veces la percepción femenina es sabia, práctica y oportuna. ¿En cuántas oportunidades, una acotación, un detalle que captó tu esposa fue fundamental para sanar o suplir una necesidad? O bien, ¿cuántas veces la paciencia y templanza de tu esposo abrió nuevas posibilidades de solución? De esta manera el servicio se complementa absolutamente en el matrimonio y se potencia con más recursos cuando participan ambos.

Construyamos el “nosotros”

En consecuencia, la función de esposos, en el matrimonio, no es de poca importancia. De ella dependerá gran parte de nuestro función parental con nuestros hijos y el servicio a los demás. Construir el “nosotros” es una tarea enriquecedora pero no exenta de dificultades, por lo que se requiere de una operación directa de la gracia Divina. Nosotros los cristianos dependemos de esa gracia y es nuestro deber espiritual ofrecernos permanentemente al Señor para que ella sobreabunde. Amén.

Fuente: http://www.aguasvivas.cl/revistas/17/10.htm

La Familia: El amor nunca deja de ser.



El amor nunca deja de ser.


Dios nos ama; nosotros somos sus hijos, y Él, como Padre, es el primer preocupado por el estado de nuestro matrimonio. Él desea socorrernos. Proverbios 13:18 dice: “Pobreza y vergüenza tendrá el que menosprecia el consejo; mas el que guarda la corrección recibirá honra.” Muchos hijos de Dios pasan por pobrezas y vergüenzas tan sólo por no poner oído atento al consejo del Señor.

Cuando hablamos de matrimonio en la iglesia, estamos hablando de la unión de dos personas que tienen a Cristo en su corazón, y que, por tanto, han pasado de muerte a vida. Estos hombres y mujeres tienen al Señor Jesucristo como su Señor y su vida. Entonces, se puede esperar de ellos que, a medida que el tiempo transcurre, mayor habrá sido la siembra para el espíritu que para la carne.

Si el abordar el tema matrimonial, no podemos apelar a la fe y a la experiencia del creyente, entonces nos encontraríamos en el plano de la carne y de la sangre, y deberíamos acudir a un profesional que nos asista con los recursos de la ciencia humana; pero los que somos de Dios, apelamos a sus recursos, ya sea al trono de la gracia (Heb.4:16) o a la vida eterna que llevamos dentro (1ª Timoteo 6:12).

El amor de Dios vs. nuestro amor

“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca dejar de ser...” (1ª Cor.13:4-8).

Aquí está descrito el amor ‘ágape’, el amor de Dios, el que nunca deja de ser. ¿Estará este amor muy lejos de nosotros? Romanos 5:5 dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” “Derramado” implica abundancia. Este es un hecho divino en el corazón del creyente. ¿Qué se puede esperar de un esposo y una esposa, que son hijos de Dios, redimidos por la sangre preciosa del Cordero, en quienes habita el Espíritu Santo, el cual los conduce y los regula? Convengamos en que nuestro Dios no nos ha dado sólo unos cuantos mandamientos para nuestra conducta, sino que primeramente nos ha capacitado y vivificado por medio de su Santo Espíritu (Gál.4:6; Rom.8:9-11).

Recordemos por un momento aquel amor que se encendió en nosotros cuando nos encontramos con la persona que creímos que llenaba todas nuestras expectativas. ¡Oh, qué precioso es cuando llega el amor! Entonces nada nos importaba; no tuvimos ojos para nada ni nadie más; nos llenamos de sueños ¡hallamos al hombre (o la mujer) ideal! Vinieron cartas, citas, regalos, etc. ... ¡preciosa experiencia!
Ahora bien, aquel amor juvenil, apasionado, ciego, ¿se compara (o se asemeja) con el amor de 1ª Corintios 13? ¿Era sufrido, sin envidia, sin rencor, capaz de sufrirlo y soportarlo todo? Evidentemente, no.

Muchos nos han confesado dramáticamente: “Se me acabó el amor ...” “Las cosas no se dieron como yo pensaba ...” “Ya no la (lo) quiero” ... Si somos honestos, debemos reconocer que esto le ocurre a la gran mayoría de los matrimonios, tanto cristianos como no cristianos. Por tanto, que los mundanos se divorcien resulta comprensible. Difícilmente aceptarán el sufrimiento, rápidamente pensarán en “rehacer sus vidas”. Ellos no tienen al Señor en sus corazones y no tienen contemplado obedecer a Dios en ningún punto; para ellos la ceremonia religiosa no fue más que un trámite, un evento social para el ‘glamour’ ... En cambio, para un esposo o esposa creyente, no está contemplado el abandonar jamás a la mujer de su juventud (Prov.5:18-19). Es una ingenuidad pensar en un matrimonio sin sufrimientos y/o conflictos de distinta especie. El que se casa debe estar prevenido y preparado para soportar y ser soportado en muchas (o muchísimas) cosas.

Un hombre en la carne (Rom.8:6-8; Gál.5:19-21) es absolutamente impotente para soportarlo o sufrirlo todo; sólo buscará su autosatisfacción. Es hedonista en esencia. Pero hablando entre hombres y mujeres que tienen viva y presente en sus corazones la realidad del “amor que nunca deja de ser”, no temeremos, pues cuando el inmaduro amor sentimental juvenil comienza a disminuir hasta morir, se levantará poderoso y firme el “otro amor”, el de 1ª Corintios 13.

Entonces vas a valorar y amar a tu mujer, porque el Señor mismo te dirá: “Marido, ama a tu mujer: El que ama a su mujer a sí mismo se ama.” (Ef.5:25-28). No se puede pretender amar al Señor y ser despreciativo con la esposa. No puedo (o no podemos) amar al Señor, respetarlo, honrarlo, serle fiel, y no serlo con mi esposa (o con mi esposo). ¿Podemos ver que hay una gran solidez cuando llegamos a la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo?

Nosotros con facilidad aplicamos el eterno amor de Dios a la salvación de los pecadores, a nuestra afiliación eterna al ser librados del infierno, y al participar de su gloria en el cielo. ¿Por qué no aplicarlo al matrimonio? ¿O acaso 1ª Corintios 13 no es aplicable a mi matrimonio?

Hermanos, nosotros tenemos tal amor, como ya dijimos, derramado en nuestros corazones. Nosotros proclamamos con gozo en medio de la asamblea de los santos: “La roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.” (Sal.73:26). Entonces, digamos también: “La roca de mi matrimonio es Dios para siempre” ... Esto es verdad, porque ya no somos más dos. Hemos venido a ser una sola carne, y lo que es verdad para uno, también lo es para con quien soy uno. ¡Dios, el bendito Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo sostiene y sustenta nuestro matrimonio!

Hermanos, contrario a cuanto personaje público piense, nosotros concebimos el matrimonio para toda la vida. A medida que evolucione la presente sociedad donde nos ha tocado vivir, creemos que el matrimonio quedará –finalmente– circunscrito a los creyentes. Que el mundo haga o piense lo que quiera; los santos, nos santificaremos todavía (Apoc.22:11).

Una aplicación para el matrimonio (Efesios 4:17-32)

Consideremos ahora la palabra de Efesios 4:17-32 aplicada a la vida matrimonial: Ya no tenemos el entendimiento entenebrecido, ya no se concibe la dureza en nuestro corazón. Hemos sido alumbrados por el Señor para que ahora se refleje la vida de Cristo en nosotros; es tiempo que se manifieste cuanto hemos aprendido en Él y con Él.

¿En verdad le hemos oído, y hemos sido por Él enseñados? (vers.4:21). Si no es así, entonces no nos extrañemos por tantos fracasos. Nada podemos esperar del “viejo hombre” (4:22), pero todo podemos esperarlo del “nuevo hombre” (4:24), que es Cristo en nosotros (Col.1:27). Si esta palabra es aplicable a la iglesia en general, ¿cuánto más lo será al matrimonio, donde verdaderamente somos miembros el uno del otro? (4:25).

Hay una “ira legítima”, un enojo repentino, a causa de cualquier situación de la vida cotidiana, que no es pecado. El Señor nos pone límite: “No se ponga el sol” para que estas “iras” no se acumulen hasta reventar en un conflicto mayor.

“Ni deis lugar al diablo”. Aquí se trata de abrir una puerta el enemigo de todo lo que es de Dios. El Señor nos perdone por cuantas veces hemos dado lugar al diablo. Por esto llegan aquellos enojos, rabias y enemistades; las acusaciones mutuas se multiplican, se traen a la memoria muchas cosas que la sangre del Señor ya pagó y sepultó. Esto es absolutamente ilegal e ilegítimo. Satanás se siente de alguna manera autorizado: “Ustedes desobedecieron, me dieron lugar”. Él no traerá ternura ni comprensión; viene a romper la paz, a turbar, a llenarnos de amargura y dolor. En la iglesia velamos por no darle espacio al enemigo. Los que ministran o presiden luchan porque no se les ceda terreno alguno. Pero, hermanos, la vida de la iglesia no termina en la reunión de los creyentes; no tenemos una vida matrimonial y otra eclesiástica. Llegamos al hogar con nuestra esposa, que es también nuestra hermana en Cristo. Ya hay dos reunidos en su Nombre: el Señor está aquí (Mateo 18:20). No demos, entonces, lugar al que viene para destruir. Vamos a la perfección como iglesia, pero también como matrimonio (Hebreos 6:1).

La voluntad del Señor es que seamos sustentadores de nuestro hogar (4:28), y que no sólo se suplan nuestras necesidades, sino que tengamos aun para bendecir a otros. No nos conformemos hasta que esto se cumpla en nosotros, y que haya recursos para los más necesitados y para apoyar la obra de Dios.

Nuestras palabras pueden edificar o contaminar a quienes nos escuchan. No osaríamos hablar palabras corrompidas en la iglesia. Tampoco tengo licencia para ser descuidado en el hablar cuando llego a mi casa. En este sentido, no somos libres; somos esclavos de Jesucristo para vivir siempre en Él y para Él. (Col.3:17).

No contristéis al Espíritu Santo

Otra palabra para meditar: “Y no con-tristéis al Espíritu Santo de Dios ...” (4:30). ¿Cómo está, cómo se siente esta bendita Persona entre nosotros, en mi vida matrimonial? Se trata del Espíritu del Dios vivo, el que le dio vida a la iglesia el día de Pentecostés, el que hizo maravillas con los primeros apóstoles, el que fortalece con poder en el hombre interior, nuestro Consolador, quien nos conduce a todas las riquezas de Cristo, para poseerlas y disfrutarlas.

¡Qué tremendo es esto, hermanos! Que siendo tan poderoso el Consolador nosotros le contristemos y aun lo apaguemos con nuestras carnalidades! Dios no nos hizo autómatas, Él espera que nos rindamos, que demos nuestra anuencia a su gobierno y autoridad, y que, al mismo tiempo, juzguemos la bajeza, la vileza de nuestro corazón (“Miserable de mí”, Ro.7:24). Dios nos dio su Espíritu para honra, gloria, hermosura, poder y victoria, pero nuestra vanidad y soberbia natural lo contrista. “Perdónanos, Señor, por haberte contristado; por toda ofensa y desobediencia contra el consejo de tu Santo Espíritu dentro de nosotros.”

¿Conoce usted, hermano, la libertad del Espíritu dentro de Ud.? ¡Cómo nos inspira y fortalece! ¿Conoce usted una reunión de iglesia llena de gloria, esas que deseamos que no terminen. El Espíritu Santo gobierna todo ¡Qué glorioso! Entonces, no lo contristemos más. Que pueda desplegar toda su gracia para hacernos crecer y avanzar, así en el matrimonio habrá cada vez menos amarguras, enojos, griterías, etc. Todos estos estorbos habrán sido violentamente quitados (4:31) de los corazones que ahora están aprendiendo a vivir llenos del Espíritu Santo.

Esta sección de Efesios termina con una exhortación a la benignidad, a la misericordia y al perdón (4:32). Aplicado al matrimonio, esto es un fuerte golpe al ‘machismo’ y a la prepotencia de muchos maridos. Estas cosas le parecerán a muchos cosa de ‘debiluchos’. Pero los creyentes, los que son de Cristo, los que viven en el Señor, son capaces de humillarse y pedir perdón cuantas veces sea necesario, cada vez que tengamos testimonio de haber herido o defraudado a nuestra esposa o familia. Esta actitud les dará confianza, y serán así testigos del trabajo del Señor en el corazón del que se humilla. Sólo el carnal, el soberbio, no se humillará nunca...

¡Amados, que nuestro matrimonio sea como una ofrenda de olor fragante! (Ef.5:1-2).

Fuente: http://www.aguasvivas.cl/revistas/09/14.htm

La Familia: Oraciones sin estorbo.



Oraciones sin estorbo

"Para que vuestras oraciones no tengan estorbo" (1ª Pedro 3:7)

Las palabras del apóstol aquí están dirigidas a los maridos. Se les exhorta a vivir con su esposa sabiamente. Según el consejo de Dios, es sabio dar honor a la esposa. (Dar honor es “atribuir valor e importancia”). Cabe preguntarnos: En las decisiones que tomamos, especialmente en aquellos asuntos que comprometen la vida familiar, ¿cuánto importa el consejo de nuestra ayuda idónea? ¿La valoramos, la honramos? Aun en nuestro vivir diario, la Palabra nos enseña que el casado ha de tener cuidado de cómo agradar a su mujer ( 1 Cor. 7:33).

Simple pero importante

La enseñanza respecto de la oración aquí parece extremadamente simple; sin embargo, las contingencias propias del diario vivir, más el defecto propio del carácter de los esposos (porque Cristo no está aun suficientemente formado en ellos), suelen ocasionar muchas situaciones tensas al interior del hogar, que debilitan la fe y entorpecen la oración. 

Una vez más hemos de echar mano a la vida eterna que llevamos dentro (1 Timoteo 6:12), para que podamos hacer la voluntad del Señor. Uno de los gozos más grandes de un creyente son las oraciones contestadas, porque tenemos un testimonio objetivo de que Dios nos está atendiendo, y entonces la paz que sentimos no tiene parangón. 

En cambio, cuando las oraciones están siendo estorbadas y no hay respuesta a ellas, parece que nos vamos secando por dentro, y en vez de ir avanzando, sólo tendremos un sentimiento de continuo fracaso. Es como si la vida misma fuera perdiendo para nosotros su razón de ser. 

El Espíritu Santo atribuye aquí el estorbo a la falta de consideración del esposo hacia la esposa. Si bien esto puede ser recíproco, lo cierto es que recae sobre el varón –como representante de Cristo en el matrimonio, como cabeza de su hogar– el velar porque en su casa se viva sabiamente. Si esta condición no se cumple, a poco andar se notará la falta de respaldo del Señor en la vida cristiana. A causa de la inconsecuencia en la intimidad, se sufrirá una gran pérdida: las oraciones no encuentran respuesta, y la vida cristiana comienza a resentirse. 

Pensemos por un momento que al enemigo de nuestras almas le conviene mucho que abunde el caos en el interior de la familia. Para él es una efectiva táctica de debilitamiento progresivo de los creyentes que termina anulándolos por completo. Él sabe muy bien que si los esposos aprovecharan bien su tiempo y comunión para orar a su Señor continuamente, sus malignos intereses se verían seriamente dañados. 

Una promesa también para el matrimonio

Una de las enseñanzas más claras de nuestro Señor tocante a la oración es la de Mateo 18:19-20, donde se nos dice que “si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos”. La promesa es tremenda; sus alcances son ilimitados. Siempre hemos aplicado esta palabra a la iglesia en general, a la necesidad de estar unánimes a la hora de pedir por un avance en la obra del Señor, pero ¿cuánto más se podrá aplicar esta preciosa palabra al matrimonio creyente, en que dos siervos de Dios están allí compartiéndolo todo, con todos los intereses en común, viendo siempre las mismas necesidades en la familia, en la obra del Señor, y en el mundo que los rodea? 

No podemos esperar la próxima reunión de oración de la iglesia para llevar nuestras peticiones ante el trono de la gracia; no tenemos que esperar a salir por la ciudad en busca de otro hermano de confianza para poder orar, si a nuestro lado tenemos una hermana en Cristo, una consierva. Ella también es coheredera de la misma gracia. Si esto hacemos, experimentaremos el gozo de enfrentar la vida y sus innumerables conflictos junto a la compañera de nuestra vida. 

Valoramos mucho las reuniones de oración de la iglesia, ciertamente allí se vive un ambiente casi celestial, con gran despliegue de poder y autoridad para atar al enemigo y desatar la voluntad de Dios en la tierra; también valoramos mucho la oración íntima, individual, a puertas cerradas en el secreto del Padre, indispensable para cualquiera que desea servir al Señor. Pero hay una persona con quien estamos siempre juntos. 

La reunión de la iglesia pudo haber estado muy gloriosa, pero luego cada cual vuelve a su casa ... ¡Bienaventurados los matrimonios creyentes, que andan delante del Señor! En ellos la comunión espiritual durará siempre, y la posibilidad de orar juntos, en toda ocasión posible, puede constituirse en un torrente de grandes bendiciones. 

Juntos podemos cobrar también la promesa de Deuteronomio 32:30, donde se dice que uno persiguió a mil y dos persiguieron a diez mil. Dios siempre bendice más a dos que a uno. “No es bueno que el hombre esté solo”, dijo al principio de la creación. 

Hoy, en la nueva creación, orar dos juntos es orar respetando el principio del cuerpo. Así derribamos, por un lado, el individualismo; y por otro, multiplicamos las posibilidades de nuestra oración.

Quiten este estorbo

Amados hijos de Dios: el no poder orar con la esposa, o con el esposo, es una inmensa pérdida. Satanás ha desplegado todo su arsenal de maquinaciones mentirosas para anular esta oración, que, de realizarse, será una inmensa pérdida para sus nefastos planes. Lo más probable es que ahora mismo, mientras usted lee este artículo, esté susurrando a su corazón que esto no es posible, que al menos en su realidad matrimonial resultará imposible, que muchos siervos cargaron esta cruz y que usted no será la excepción, y así se multiplicarán las justificaciones para tan lamentable fracaso.

Sin embargo, amados, esto no está lejos de nosotros, porque hemos creído en un Dios que todo lo puede. El cielo está a nuestro favor, ¿por qué rendirse como si Dios no estuviera dispuesto a socorrernos en este punto? Si tenemos fe para creer que el Señor es poderoso para hacer cuanto le pidamos conforme a su voluntad, ¿vamos a desconfiar en esto? 

Nosotros que tenemos el Espíritu Santo morando en nuestros corazones, soñemos con esto, con una oración poderosa, sin estorbo, constante, que se levante como un muro firme contra las asechanzas del diablo. Recibamos esta palabra como si Dios mismo nos hablara: ¡Quiten este estorbo y Yo los bendeciré!

¡Amados hermanos, es posible que los esposos oren juntos! Dios nos llama a ejercer juntos nuestro sacerdocio: oremos al despertar, anticipándonos a los impredecibles conflictos del día; oremos antes de dormirnos, descargando a los pies de nuestro Señor todo el peso de un día y alabándole con gratitud por sus bendiciones; oremos juntos en cuanta ocasión sea posible; desatemos continuamente bendiciones para nuestros hijos, para la iglesia entera, para el avance de su obra, y –finalmente– para que Su reino venga.

Que el Señor nos conceda toda su gracia para vivir sabiamente con nuestra esposa dándole el honor que le corresponde como vaso más frágil y como coheredera de la gracia, para que nuestras oraciones sean sin estorbo alguno, y vayamos adelante a la perfección, creciendo en la obra del Señor siempre.
Que el enemigo tenga en este punto una gran pérdida, y que a nosotros se nos conceda la mayor de las victorias ¡Que así sea!

Fuente: http://www.aguasvivas.cl/revistas/10/13.htm